Me llamarán repelente de nuevomusic: late night study lofi, de Homework Radio
Me doy cuenta con horror de que, desde que estoy aquí, mi vocabulario se ha reducido drásticamente.
No siento que tenga más dificultades a la hora de escribir (siempre me he tomado mi tiempo hasta encontrar las palabras que reflejen con precisión lo que quiero contar, quizá por eso nunca se me han dado mal las cartas formales), pero en cuanto a hablar... mare meva. Es como si en el diccionario de mi cerebro hubiera algún tipo de marca que categoriza las expresiones como "socialmente aceptables" o "pedantes", las que se pueden utilizar a diario y las que no, y esa diferencia se estuviese intensificando cada vez más.
Desde pequeñita recuerdo multitud de ocasiones en las que recibí miradas raras al emplear palabras "grandes", a menudo acompañadas por la etiqueta marisabidilla. Cuando en clase otras niñas recitaban lecciones textualmente se daba por bueno; si lo hacía yo, "vale, muy bien, ahora con tus palabras". Tengo especialmente grabado un momento en sexto de primaria que me pareció un insulto a mi inteligencia: sentí una mezcla de vergüenza e indignación porque se estaba dando por hecho que *YO* repetía como un loro sin entender lo que decía, y realmente me pregunté si debería pasar el resto de mi vida hablando para tontos. O cuando utilicé el término "nimiedad" y todos los presentes se giraron hacia mí con cara de estar viendo un extraterrestre vestido de gitana.
Por eso jamás pestañearé cuando los sobris (cualquier niño, en realidad) estrenen una frase que han aprendido en algún sitio. Al revés, bienvenida sea cualquier incorporación al diccionario.
No sé... Considero indispensable emplear las palabras adecuadas porque, si se lanzan al azar o si cada uno les da otros significados propios/no compartidos, ¿cómo vamos a conseguir comunicarnos? (Recordemos: emisor, receptor, canal, mensaje, código, contexto.) Un odre, un cubo y una botella no son lo mismo, aunque los tres sean recipientes que contienen líquido.
Y por otro lado, qué narices: ¿para qué existen esos vocablos, si no los aplicamos?
Sin embargo, ahora paso los días jugando a las adivinanzas con oraciones incompletas y apresuradas, lenguaje absolutamente indirecto, y escuchando balbuceos tímidos (y "d'eso") en cuanto una expresión no aparece en la lista de las mil más frecuentes del español. ¿Esa vergüenza sólo surge en familia? ¿Cómo lo hacíais en el trabajo? ¿De dónde viene tanta inseguridad?
Pues mira, ya tengo propósito para lo que queda de año: conseguir volver a hablar con propiedad; pedir un momento para ordenar mis pensamientos y pronunciar alto y claro.
QUE ESTOY HASTA LOS OVARIOS DE VIVIR PEQUEÑITA.
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